Por qué nos gusta tanto Frankenstein? o cómo la suma de las partes lo es todo
La respuesta a la pregunta ya planteada no es unívoca. Frankie no es bonito, no es inteligente, no tiene mundo, ni siquiera tiene cuarto año medio rendido. Pero es uno de los monstruos más reconocidos y con más tradición en la historia del cine. Y a la gente le encanta.
En realidad, como toda historia tiene un comienzo. La película Frankenstein de 1931, dirigida por James Whale, está basada en una obra de teatro, que, a su vez está basada en el libro de Mary Shelly, Frankenstein o el moderno Prometeo. Las versiones varían mínimamente entre una y otra versión, pero el comienzo es más o menos el mismo: el científico que crea vida desde la muerte.
Este es el punto de partida de una de las primeras historias de ciencia ficción, estrictamente hablando, ya que postula una serie de verdaderos "dogmas": la existencia humana, la posibilidad de jugar a ser Dios, las consecuencias más extremas de la ciencia, las reacciones de la sociedad de entonces, la criatura que se vuelve contra el creador, en fin.
En la película, el científico no sólo da vida a un ser desde la muerte, sino que lo hace buscando las mejores partes de otros cuerpos de humanos muertos, y aprovechando la energía de un rayo que es finalmente el que da vida a la criatura. Simbólicamente hablando, el rayo no es sólo energía, es luz y en este caso, también es vida. Sumado al trabajo del propio científico, podemos decir que en definitiva, representa conocimiento. Cuál fruto prohibido o fuego de Prometeo, el experimento cobra vida y da el primer giro a la historia. Aquí es posible apreciar varios dilemas morales: la vida o la muerte; ¿es posible considerar hijo natural a un experimento científico?; el rechazo o aceptación social; para qué decir el concepto de belleza "natural". Y para qué decir si son ciertos o genuinos los supuestos sentimientos que experimenta el monstruo posteriormente. Es una verdadera caja de Pandora cuyos resultados, conductas y reacciones ignoramos completamente.
Pueden pasar los años pero Frankie sigue regresando. De hecho esta producción tuvo su primera secuela cuatro años después con La Novia de Frankenstein y en 1939 nació el Hijo de Frankenstein, siendo la última aparición del actor Boris Karloff como el tradicional monstruo en el cine.
La estadística fílmica nos muestra que hubo muchas películas donde la criatura tuvo encuentros y desencuentros de la más diversa índole: se juntó con otros monstruos; conoció a Abbott y Costello; apareció en la destornillante comedia Young Frankenstein de Mel Brooks, del año 1974, que después fue un musical de Broadway; llegó a la televisión en la serie cómica The Munsters. Inclusive tuvo un olvidable remake (Frankenstein de Mary Shelly, de 1994), protagonizado por Robert de Niro.
Como toda obra humana, Frankie no es perfecto. Es más, deja harto que desear en muchos aspectos. Pero finalmente intenta entregarnos un mensaje que da bastante poco terror, el de tolerancia, aceptación e inclusión en una sociedad que le es ajena, y cuya aceptación es lo único que busca pese a todas sus deficiencias, aún sabiendo que nunca será uno de ellos. Tal vez la mejor definición de este monstruo sea que es una construcción precisamente de aquella sociedad y de todo aquello que aún carecemos para ser mejores.
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